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Astrología
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Astrología
ESCORPIO y Perseo y la Gorgona Imprimir E-mail
Escrito por Liliana Lopez Conde   
Lunes, 16 de Noviembre de 2009 14:05

Hoy nos encontramos con Escorpio, octavo signo zodiacal relacionado con el tema arquetípico de la lucha del héroe con el dragón, con el monstruo. Así como el carnero, el león y el cangrejo muestran aspectos distintos de la búsqueda del héroe, el dragón es una representación de las fuerzas oscuras del inconsciente y del poder terrible y destructor de la vida instintiva. Todos nos encontramos en algún momento de nuestras vidas con este dragón, pero Escorpio parece tener una cita cíclica con él, llevando a cabo una confrontación cada vez más profunda. Una imagen vívida de esta lucha es la historia de Perseo y la Gorgona.

Las Gorgonas eran tres hermanas llamadas Esteno, Euriale y Medusa que fueron transformadas en monstruos alados de penetrantes ojos, enormes dientes, lengua sobresaliente, garras y serpientes en lugar de cabellos, cuya mirada petrificaba a los hombres.

Una de las versiones del mito relata que Medusa fue violada por el dios Poseidón y que el horror del ultraje dejó en su rostro ese aspecto aterrador. Es decir, el rostro de Medusa es un reflejo de la cólera y del odio femenino con su efecto paralizante.

Perseo, que era hijo del dios Zeus y de una mortal llamada Dánae, asume la tarea de matar a la Medusa y así salvar a su madre de casarse a la fuerza  con el malvado rey Polidectes.

La Medusa Gorgona era tan horrorosa que una sóla mirada a su cara convertía en piedra al observador por lo que Perseo necesitaba la ayuda de los dioses para poder vencerla y cortarle la cabeza. Su padre, Zeus, el Dios del Olimpo se asegura que le den asistencia. Por un lado Hades, rey del inframundo, le prestó un casco que hacía invisible al portador. Hermes, el Mensajero divino, le dio un par de sandalias aladas y una hoz afiladísima para cortar la cabeza de la Gorgona. Atenea, la diosa de la Sabiduría le ofreció un escudo con un pulido tan especial que su brillo servía como espejo.

Perseo entonces pudo ver el reflejo de Medusa en el escudo y así cortarle la cabeza sin tener que mirar directamente su horripilante rostro. Al cortar la cabeza de la Medusa Perseo liberó al caballo mágico Pegaso, que había sido engendrado por Poseidón pero que, a causa del odio y la cólera de Medusa, no había sido dado a luz.

Con la monstruosa cabeza oculta en una bolsa, Perseo emprende el camino de vuelta a su casa. En el trayecto ve a una hermosa doncella encadenada a una roca esperando ser devorada por un monstruo marino. Supo que se llamaba Andrómeda y que la estaban sacrificando porque su madre había ofendido a los dioses. Perseo se conmueve por la situación y la hermosura de la joven, se enamora y la libera convirtiendo al monstruo en piedra con la cabeza de la Gorgona. Seguidamente regresó con Andrómeda para presentársela a su madre, quien sintiéndose muy atormentada por las insinuaciones del malvado rey, se había refugiado en el templo de Atenea. Una vez más, Perseo sostuvo en el aire la cabeza de la Medusa, convirtiendo en piedra a todos los enemigos de su madre. Cumplida su misión, el joven héroe devuelve a los dioses los dones recibidos y vive con Andrómeda en paz, amor y armonía por siempre.

Si analizamos este apretado relato del mito de Perseo vemos que en la historia Zeus aparece como el padre bondadoso que ampara a su hijo, guiando y protegiendo invisiblemente a madre e hijo para que sus vidas no corran peligro.

Se trata del motivo temático de redimir a una figura femenina luchando contra otra más oscura, aunque ambas, esencialmente son Madres. A menudo el alma de un individuo se ve afectada por la cólera y la amargura inconsciente de su madre, a la que tendrá que rescatar de las garras de la Gorgona para así también rescatar su propio lado femenino. Este intento de salvar a lo femenino del aspecto más oscuro de la naturaleza muchas veces forma parte integral de la vida de los Escorpio.

La Gorgona es un símbolo característico de la destructividad que solo puede ser decapitada mirando su imagen reflejada en un espejo pues si se la mira directamente uno se paraliza por su tremenda oscuridad.

La lucha con los dragones nos ofrecen una sabia visión sobre el modo de controlar el veneno reptiliano que uno encuentra si profundiza lo suficiente en sí mismo. Ningún monstruo puede ser vencido utilizando solo la fuerza bruta. Los dones recibidos de los dioses representan la reflexión y el fuego que hacen falta. Fuego que se refiere tanto a la emoción intensa como a la luz de la comprensión y la consciencia.

Cuando Perseo corta la cabeza de Medusa, es decir la Madre Terrible, la fuerza instintiva oscura, destructiva y paralizante, libera o nace a la luz Pegaso. El caballo alado que es un puente entre opuestos, una criatura terrestre que tiene el poder de ascender al reino espiritual.

Cuando Perseo lo libera también se libera a sí mismo. Puede utilizar las poderosas propiedades de la Medusa para objetivos más conscientes ya que estos monstruos no pueden ser totalmente destruidos sino sólo transformados.

Pero por qué Perseo libera la Madre y también a sí mismo. Para empezar a comprender debemos recordar que el pensamiento griego está preñado de la idea de Destino, al que llamaban Moiras o “administradoras de Justicia” las que equilibran o vengan las transgresiones de las leyes del desarrollo natural. Destino tiene que ver con el sentido profundo de orden moral universal y las guardianas son siempre figuras femeninas, tal vez por la inexorable experiencia de nuestro cuerpo mortal.

El útero y la madre, que es la primera persona en nuestra vida, están presentes en el inicio y es este el ámbito de la vida y de la muerte. Durante la gestación que precede a toda existencia individual, nuestro cuerpo forma uno con el de nuestra madre y aunque no lo recordemos, nuestro cuerpo y nuestro inconsciente sí guardan memoria de ello. La mitología ha vinculado siempre a lo femenino con la tierra, la carne y los procesos de nacimiento y muerte. El cuerpo en que vive un individuo surge del cuerpo de la madre y las limitaciones y características de éste (herencia) están arraigadas en aquél y se experimentan como destino.

La principal imagen de la madre, que comienza siendo nuestro único mundo, termina convirtiéndose en el símbolo del mundo entero. La relación con la propia madre está significativamente vinculada a la sensación de elección y libertad interna que tenemos  en la vida adulta y cuanto más oscura se nos presente la madre, mayor será el miedo que nos suscite el destino. La propia madre es también la Madre arquetípica que puede formularse en las imágenes de diosa, serpiente, mar o sarcófago a consecuencia de la oscura memoria que guarda el cuerpo del mar de aguas intrauterino; del serpentino cordón umbilical que le daba vida o que podía  estrangularle; de la oscuridad y estrechez como una tumba del canal que le dio a luz. Como vemos la naturaleza es portadora en sí misma de los dos lados o polos, de la oscuridad y la luz que la constituyen al mismo tiempo. La Madre y la Madre oscura son sólo aspectos de sí misma, una habita en la consciencia y la otra vive en el inconsciente.

Esta díada está expresada no sólo en la mitología sino también en el arte y en la literatura. El alma humana aspira a algo superior, a algo eterno que sobreviva más allá de la muerte del cuerpo. Esto no es solamente la búsqueda espiritual de Dios, también implica la búsqueda del conocimiento de las leyes que subyacen en la realidad. Pero esta búsqueda puede llevarnos por caminos oscuros o caminos iluminados y puede revelarnos tanto el bien como el mal que cohabitan en nuestro interior y que son el núcleo del alma humana.

El bien es incomprensible sin el mal y la misteriosa batalla entre estos dos polos está muy bien representada  en la historia del doctor Fausto. La gran tragedia de Marlowe y el sublime poema épico de Goethe,

Están basados en el relato medieval de un hombre cuya búsqueda espiritual lo condujo finalmente a vender su alma al diablo. Su reconocimiento final de la aridez de los placeres terrenales y su redención última por medio del remordimiento y de la compasión siguen siendo una poderosa imagen de la necesidad de comprender tanto la oscuridad como la luz a fin de hallar la paz interior.

Había una vez un destacado filósofo y estudiante de teología conocido como el doctor Fausto. Las enseñanzas que había recibido sobre la naturaleza de Dios y el significado de la vida no le eran suficientes para satisfacer su intelecto inquisitivo. Y lo que es más, su orgullo  que era tan grande como su conocimiento,  deseaba descubrir las repuestas a los grandes misterios de la vida mediante su propio esfuerzo y así  atribuirse todo el mérito. De modo que, al cabo del tiempo, el doctor Fausto abandonó su teología y se hizo estudiante de magia hermética, pues tenía la esperanza de hallar el secreto de la vida en los experimentos alquímicos y en el conocimiento prohibido de la magia y de la brujería, transmitido desde los antiguos egipcios.

Sin embargo, estas investigaciones prohibidas no pudieron enseñarle todo lo que deseaba saber, por lo que quedó sumido en una profunda melancolía. Entonces, en su desesperación, invocó a los espíritus infernales. En respuesta a su llamada apareció misteriosamente un perro negro que después se transformó en una extraña figura que se presentó como Mefistófeles, el espíritu del mal y de la negación. Este personaje estaba siempre al acecho de las almas humanas que pudiera ganar para las tinieblas, engañando así a Dios; y Fausto deseaba el conocimiento de Mefistófeles respecto a los secretos de la vida y la naturaleza de lo divino. De modo que establecieron un pacto entre ambos, sellado con sangre, en el que Mefistófeles convenía en servir a Fausto en este mundo, en tanto que Fausto accedía a servir a Mefistófeles en el otro.

Mefistófeles sabía muy bien cuál seria el precio que Fausto pagaría, pero el filósofo todavía no había comprendido que lo que estaba empeñando era su alma mortal. Durante algún tiempo, Fausto se sintió emocionado por la magia y los misterios que Mefistófeles le mostraba, y creía que por fin estaba acercándose al conocimiento de los secretos de Dios, pero Mefistófeles que iba debilitando la voluntad del erudito, lo embauca para que desarrolle una sensualidad y un orgullo cada vez mas grandes, perdiendo así todo sentido de búsqueda espiritual.

Fausto deseaba a una joven llamada Gretchen y es Mefistófeles quien la lleva a caer en manos del filósofo.  Fausto la deja embarazada y, cuando la abandona, ella se vuelve loca, y desesperada mata a su hijo, siendo ejecutada por su crimen.

Dándose cuenta de la terrible destrucción que había causado en una vida humana inocente, Fausto sintió un profundo y amargo remordimiento. Pues había comenzado a amar a la joven sinceramente. Prueba ésta de que en su alma había una parte que se había mantenido libre de corrupción. Esto no lo había anticipado Mefistófeles, ya que el poder de redención del amor no era algo conocido para el espíritu oscuro. Aún así  era tanto el poder que Mefistófeles ejercía sobre Fausto que, durante muchos años, el filósofo se sumergió en el placer sensual y penetró en todo los misterios secretos. Aprendió todo lo que deseaba saber y comprendió las gloriosas alturas del cielo y las tenebrosas entrañas del inframundo. Sin embargo, el remordimiento y el dolor que sentía por la muerte de Gretchen  crecía dentro de él como un cáncer y, a pesar de su corrupción, algo en su interior continuaba anhelando la luz.

Mientras Fausto iba haciéndose viejo, Mefistófeles esperaba con paciencia y satisfacción el momento en el que el filósofo se enfrentase a la muerte y su alma perteneciese a las tinieblas.

Cuando por fin Fausto se dío cuenta de las verdaderas consecuencias del pacto que había hecho, se sintió tan lleno de remordimiento, de amor y de sufrimiento, que su alma se escapó de las garras de Mefistófeles y fue conducida a las esferas celestiales.


La historia de Fausto es una metáfora mítica de la lucha de todo ser humano por encontrar la luz en la oscuridad. Fausto es un paradigma de nuestro mundo interior lleno de conflicto entre nuestros deseos   egocéntricos y el anhelo de servir a algo más elevado y más grande que nosotros mismos.

Aunque el mito original tiene sus raíces en el cristianismo medieval y, por lo tanto, presenta el bien y el mal de un modo más bien simplista, si se lo comprende psicológicamente, Fausto es el símbolo del espíritu inquisitivo que hay dentro de cada uno de nosotros, con la suficiente valentía e individualismo como para rechazar el dogma ofrecido y también con la peligrosa arrogancia o soberbia para asumir que podemos desafiar la moralidad humana fundamental en nombre del conocimiento. Podemos condenar a Fausto por su codicia y arrogancia, y al mismo tiempo admirarlo por su valentía y por su voluntad de arriesgar su alma con el fin de penetrar hasta el corazón de los misterios de la vida.

He aquí la profunda paradoja del bien y del mal, pues a fin de comprender el bien, debemos reconocer el mal; y para llegar a este reconocimiento debemos descubrirlo primero en la secreta oscuridad de nuestro propio corazón.

La desilusión de Fausto con el conocimiento recibido refleja el dilema de un brillante intelecto que no puede limitarse a “creer” porque le piden que lo haga. La búsqueda, si se la siente sinceramente, no surge de una aceptación pueril de creencias, sino de la desilusión y del profundo deseo de comprender las paradojas de la vida.

El cuestionamiento implica peligro, pero a la vez abre un potencial para una verdadera experiencia del alma y del mundo interior.

El poder corrompe y éste es un hecho tanto en el plano espiritual como en el material. El nuevo poder de Fausto lo empuja más allá de los límites morales y es insensible a la destrucción que inflige a Gretchen. Sin embargo, la ama, y no puede ignorar por completo lo que ha hecho. Y esta pequeña semilla de remordimiento, nacida de la compasión, es finalmente la que le permite engañar al Diablo y lograr el perdón y la redención. Esto explica que no son las “buenas obras” las que lo salvan, sino el hecho de que, a pesar de estar hundido en el orgullo y en la sensualidad y en su propia miseria, todavía es capaz de amar y de sentir remordimiento.

La historia de Fausto nos enseña que la bondad está relacionada con la definición de ética adoptada por una sociedad determinada en cualquier época de la Historia. Amor y remordimiento, sin embargo, no están confinados a las doctrinas de una cultura o religión específicas. Ellos nos permiten saborear la luz y la oscuridad y, de alguna manera, conservar la integridad del alma.

Es posible que cualquier búsqueda espiritual honesta nos haga descubrir nuestro propio potencial para el mal y la destrucción, y que sólo a través del enfrentamiento con ellos podamos experimentar lo que se puede llamar gracia, es decir la misteriosa liberación que surge, desde dentro, y que da sentido no sólo a nuestra bondad, sino también a nuestra maldad.

El mito del doctor Fausto no es el simple relato moralizador que puede parecer en un principio. Se trata de un viaje interior y, como sucede con todos los mitos, al mirarlos a nivel psicológico, los personajes que aparecen están dentro de nosotros.

Fausto y Mefistófeles son dos caras de la misma moneda, y reflejan dos dimensiones del ser humano. Al espíritu de negación cínica podemos hallarlo dentro nuestro cuando experimentamos la vida carente de valor o  insignificante, y todos podemos invocar al Mefistófeles que llevamos dentro cada vez que nos sintamos desilusionados de la vida.

Pero Mefistófeles no es sólo el Diablo. En el gran drama de Goethe, Mefistófeles le dice a Fausto: “Soy el espíritu que desea siempre el mal y, no obstante, hace siempre el bien”. A través de la intervención de nuestra oscuridad interior es como podemos finalmente hallar el camino hacia la luz.

Fausto y Mefistófeles configuran una díada que creo representa el conflicto inherente a Escorpio, quien a pesar de su tendencia al orgullo, egoísmo o ambición de poder, se siente vulnerable pues no deja en ningún momento de aspirar al Amor y eso le redime.

Para Escorpio no es tarea fácil combinar el erotismo espiritualizado con la espiritualidad erotizada pero, cuando al igual que Fausto, las reconcilia se convierte en una figura plena de dignidad y redención potencial.


Con nuestras historias míticas llegamos al signo de Escorpio y lo miraremos también con su polaridad, es decir con el signo de Tauro.

Recordemos que polaridad, implica oposición y los opuestos se enfrentan, luchan, tienen un conflicto que resolver hasta alcanzar un punto de entendimiento y equilibrio. Equilibrio que ocurre cuando cada polo se descubre como una de las partes y aprende a completarse cuando se integra con su oponente resolviendo de este modo el conflicto.

El Zodíaco nos trae seis polaridades que deberemos integrar: Aries-Libra, Tauro-Escorpio, Géminis-Sagitario, Cáncer-Capricornio, Leo-Acuario y Virgo-Piscis.

En esta segunda polaridad se ponen en juego la energía productiva enraizada en la tierra, vinculada con la fecundidad, con el sexo procreativo, con el alimento, con el cuerpo (Tauro) por un lado, y por el otro (Escorpio), con el sexo como experiencia emocional, como identificación psíquica de dos individuos separados que juntos alcanzan la fusión con lo absoluto, con el éxtasis y la pérdida de los límites de la identidad, el olvido de uno mismo, para renacer al amor superior.

En este juego dialéctico nos enfrentamos al poder personal de Tauro y al poder cooperativo de Escorpio, al retener de Tauro y al soltar de Escorpio, a la acumulación y a la eliminación para el nacimiento de la verdadera riqueza del ser humano no dividido ni enfrentado consigo mismo.


Liliana  López  Conde

Consultoría Astrológica

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Bibliografía

-       “Astrología y Destino” Liz Greene

-       “El Viaje Mítico” Juliet Sharman-Burke y Liz Greene

-       “El Tao del Zodíaco” Cristina Vallejos

Última actualización el Martes, 22 de Diciembre de 2009 19:24
 
LIBRA y el Juicio de Paris Imprimir E-mail
Escrito por Liliana Lopez Conde   
Lunes, 05 de Octubre de 2009 10:01

Hemos llegado al séptimo y al único signo zodiacal que es representado por un objeto inanimado. Su nombre significa “balanza” y se cree que en la primitiva astrología Libra no existía como entidad separada. En realidad la constelación de Escorpio (el signo que le sigue) era mucho más grande que la actual y abarcaba dos facetas o aspectos distintos. La parte del cielo que hoy conocemos como Libra era llamada “Chelae”, las pinzas del Escorpión que se transforman en los platillos de la balanza. Se atribuye la separación de Libra y Escorpio al césar Augusto (que se dedicaba a la astrología). Augusto nació el 21 de septiembre del año 62 a.C. (es decir en la frontera con el inicio de Libra) y, como se veía a sí mismo como el más grande de todos los césares, reclamó para sí la creación de esta constelación. De todos modos, 200 años antes, ya se había nombrado a Libra como constelación zodiacal. Hoy sabemos, no obstante, que los sumerios ya habían realizado esta «operación» en el 2.340 a.C. para conceder un propio espacio en el cielo, al equinoccio de otoño (punto de igual duración del día y de la noche) que en esa época, había entrado en las «pinzas del escorpión» (período de la cosecha, la época más importante según el culto de los sumerios).

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VIRGO y el mito de Deméter-Perséfone Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
Jueves, 03 de Septiembre de 2009 00:39

En la entrega anterior, con el signo de Leo transitamos el camino de la singularidad, de la diferencia, de la individuación.

Hoy continuamos nuestro recorrido llegando al sexto signo del zodíaco, a Virgo o el signo de la Doncella o Virgen.

El término “virgo” en su significado original no tiene que ver con la virginidad sexual. El vocablo significa sencillamente una mujer que no se casó, o sea una mujer que no pertenece a un hombre, que no es esposa de nadie y cuya identidad le pertenece. Nadie es dueña de ella. Nadie la complementa.

En la mitología abundan las diosas vírgenes y muchas de ellas, paradójicamente vírgenes y fecundadas, no por un mortal sino por el espíritu o algo numinoso o incorpóreo que proviene de su interior o de lo alto. Se convierten en vasos para que nazca un niño divino.

Una de estas diosas virginales es Perséfone, figura relacionada con el signo de Virgo.

Deméter y Perséfone  (Ceres y Proserpina para los romanos) son las diosas gemelas percibidas como madre-hija, que representaban para los pueblos de la antigüedad los poderes de la naturaleza, su transformación y su emergencia cíclica.

Última actualización el Jueves, 03 de Septiembre de 2009 00:49
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LEO y el León de Nemea Imprimir E-mail
Escrito por Liliana López Conde   
Viernes, 31 de Julio de 2009 10:16

En las entregas anteriores hemos ido viendo como el nacimiento de la vida (Aries) ha ido tomando cuerpo (Tauro), pensamiento (Géminis) y sentimiento (Cáncer). El individuo en el seno de la familia se ha ido formando como persona individual y social.

Llega ahora el momento de iniciar el camino de la singularidad, de la diferencia, de la búsqueda de su auténtico camino, de la individuación.

“Individuación” que se diferencia de individualismo, ya que requiere ser consciente del proceso de identidad.

“… una planta para llegar al máximo despliegue de su peculiaridad tiene primero que  poder crecer en el suelo en que ha sido plantada”. Carl Gustav Jung, Tipos psicológicos.

Última actualización el Viernes, 31 de Julio de 2009 10:27
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CANCER y el Mito del Cangrejo Imprimir E-mail
Escrito por Liliana López Conde   
Martes, 07 de Julio de 2009 13:04

La constelación de Cáncer es una de las figuras más extrañas del Zodíaco.
Para los egipcios, era un escarabajo pelotero con una pelota de tierra entre sus pinzas. Símbolo de la inmortalidad y de la autocreación ya que la pelota contenía su esencia (los huevos y también las larvas). Lo llamaban Khephri que significa “el que sale de la tierra” y estaba equiparado al dios creador Atón, quien empuja el disco solar, igual que el escarabajo, empuja la pelota a través del cielo. Así por más humilde que parezca la constelación de Cáncer, su simbolismo está lejos de ser insignificante.

Última actualización el Martes, 07 de Julio de 2009 20:32
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